Reminiscencias de una torre


Reminiscencias de una torreCienfuegos es una ciudad romántica y soñadora: y sobre todo abierta al viajero. Luego del trabajo diurno los cienfuegueros miramos con la caída de la tarde cómo crecen los cultivos, nacen las estrellas y esa luna que viene a mirase en nuestro mar. Y fíjese si somos soñadores que en nuestro paseo del Prado, el más largo de Cuba con sus 16 cuadras, tuvimos nuestra propia torre Eifell. Qué, mire bien el retrato que le muestro y evoque por intermedio de él, algunas reminiscencias de la dama de hierro francesa con los hijos de esta ciudad.

Mire bien la foto, aunque no encontré la fecha en que se levantó esta replica, podríamos descubrir detalles que la ubican en fecha, pero antes vamos a conocer a la auténtica dama parisina a través de la crónica de un singular pluma de Martí, ese cubano ejemplar que estuvo allí en calidad de espectador.

“Los pueblos todos del mundo se han juntado este verano de 1889 en París… “… la torre de Eiffel, es el más alto y atrevido de los monumentos humanos. Es como el portal de la Exposición. Arrancan de la tierra, rodeados de palacios, sus cuatro pies de hierro; se juntan en arco, y van ya casi unidos hasta el segundo estrado de la torre…; de allí fina como un encaje, valiente como un héroe, delgada como una flecha, sube más arriba… y se hunde, donde no alcanzan los ojos, en lo azul… coronada de nubes. -Y todo, de la raíz al tope, es un tejido de hierro.”

“… allá en el aire, una mañana hermosa, encajaron los cuatro pies en el estrado, como una espada en una vaina, y se sostuvo sin parales la torre; de allí, como lanzas que apuntaban al cielo, salieron las vergas delicadas; de cada una colgaba una grúa”.

“… allá arriba, subían, danzando por el aire, los pedazos nuevos; los obreros, agarrados a la verga con las piernas como el marinero al cordaje del barco, clavaban el ribete, como quien pone el pabellón de la patria en el asta enemiga; así, acostados de espalda, puestos de cara al vacío, sujetos a la verga que el viento sacudía como una rama, los obreros, con blusa y gorro de pieles, ajustaban en invierno, en el remolino del vendaval y de la nieve, las piezas de esquina, los cruceros, los sostenes, y se elevaba por sobre el universo, como si fuera a colgarse del cielo, aquella blonda calada”. “¡El mundo entero va ahora como moviéndose en la mar, con todos los pueblos humanos a bordo, y del barco del mundo, la torre es el mástil! “.

“Allá abajo la gente entra, como las abejas en el colmenar; por los pies de la torre suben y bajan, por la escalera de caracol, por los ascensores inclinados, dos mil visitantes a la vez; los hombres, como gusanos, hormiguean entre las mallas de hierro; el cielo se ve por entre el tejido como en grandes triángulos azules de cabeza cortada, de picos agudos”.

“De una de las raíces de la torre sube culebreando por el alambre vibrante la electricidad, que enciende en el cielo negro el faro que derrama sobre París sus ríos de luz blanca, roja y azul, como la bandera de la patria”.

Y en efecto, el 6 de mayo de 1889 abrió la exposición con sus 80 edificios siendo el más importante el llamado como Galería de Maquinas, una nave que rompía record con sus 420 metros de largo y sus 115 de ancho.

Sin noticias de un encuentro físico con José Martí, la exposición también fue visitada por una eminente mujer colgada del brazo de su joven hijo. Con aquella mezcla de belleza y madurez propia de sus 44 años, Martha de los Ángeles Abreu Arencibia, se interesó por aquel peculiar recoveco, pues al tener varios ingenios en la jurisdicción cienfueguera, cómo no visitar aquella sala de hierros, donde se exhibían máquinas que daban vueltas, aplastaban, rechiflaban o echan luz, al decir de Martí, pero donde también no faltaron  máquinas que hacían polvo el acero o afilan agujas, otras aplastaban la caña y echaban un chorro de miel. De modo que para el ingenio San Francisco de la jurisdicción de Cruces, Marta compra en aquel 1889 una maquinilla a vapor justo como el modelo en exposición, que hizo las delicias de cada molienda hasta la desactivación del ingenio, aunque se sabe que comenzó a servir de corazón al coloso azucarero, justo en la zafra de 1890 cuando llegó procedente de París.

Se sabe además por boca del apóstol, que desde que abrió aquella exposición en 1889, 20 mil turistas pasaron cada año por la torre a sabiendas de que fue erigida en conmemoración del centenario de la revolución francesa.  Lo que con toda certeza se ignora hoy día es que fue el cubano Guillermo Pérez Dressler, o sencillamente en francés: Guillaume Dressler quien corrigió en los bocetos, cerca de la cuarta parte de la torre proyectada y por tal razón, Eifell lo nombró administrador de la obra.

Dressler se graduó de arquitecto en La Sorbonne en 1881.  Tras rigurosos encargos llegó al equipo de Eifell del que apenas conocemos su miedo a las alturas y que por tal razón, solo trepó hasta el primer piso de su torre.  Se sabe que el día de la apertura fingió atender a los invitados y fue el cubano Dressler quien sirvió de anfitrión a la prensa mundial que acudió al suceso y los llevó hasta su aguja.

Se conoce los desvelos de Dressler, cuando se sometió a referéndum el proyecto de la torre, que terminó imponiéndose por tan solo un voto de diferencia. Sin discusiones, en 1887 aquel afamado arquitecto nativo de la villa cubana de Guanabacoa, terminó administrando las obras constructivas que demoraron 2 años.

Hoy en día desconocemos el  por qué y el cómo se erigió en la esquina de Prado y San Fernando una replica de la dama de hierro francesa, que a ojos vista no superó los 30 metros de altura. Más si analizamos los retratos de un aficionado podemos encontrar algunos detalles como el tamaño y recorte del arbolado del Prado cienfueguero que se relaciona con imágenes de finales de la década de 1940 y principios de los años 50. El vestuario de los transeúntes también está acorde con esa época. Nótese en las vías circundantes automóviles de procedencia norteamericana de ese tiempo. El alto puntal del cine Cienfuegos, el más alto a la derecha de la foto que estuvo en pie hasta principios de la década de 1960, solo nos sirve para ratificar la indiscutible ubicación de la damita cienfueguera en Prado y San Fernando. Más, parecen ser los pasquines electorales colocados en las luminarias, los que más dicen, en ellos resalta la fisonomía del alcalde Arturo Sueiras Cruz, quien formó campaña para la alcaldía en 1945 y en 1949, logrando gobernar la alcaldía municipal desde 1946 hasta 1952 en que Batista lo corrió.

Hoy día desconocemos las manos ágiles que levantaron estas replicas de la dama parisina, como también desconocemos quién alcanzó a ver estas iniciativas y sobre todo, cuántos soñamos hoy, con un verdadero y parisino oteo de la verdadera torre.

Hasta entonces le dejo estas reminiscencias que acercan la torre Eifell a nuestra tierra y si va a Francia, no olvide traerte una réplica en recuerdo de Martí, de Marta y del lúcido Dressler que murió en el propio agosto, víctima de un naufragio y tal vez la razón por la que NO se le recuerde cercano a la más que centenaria dama de hierro.

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1 comentario

Archivado bajo Hechos históricos

Una respuesta a “Reminiscencias de una torre

  1. Saludos Marí, muy interesante este material, como quisiera conocer más sobre ese tema, besos, ah y yo tengo una réplica de la torre francesa traida de allá.

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