Doña Serafina


Así lucía Cayo Carenas en 1950 en tiempos de Doña SerafinaCréanme que a doña Serafina Llovio solo la traigo a la luz con el noble empeño de resaltar su ingenua consagración de mandar a encender y apagar faroles en Cayo Carenas, una tradición por la que aún se le recuerda amén de haber muerto hace más de medio siglo, tal vez por aquello de que “…si no quieres perderte en el olvido antes de que hallas muerto, o haces cosas dignas o escribes cosas dignas”.Se cuenta que la doña trasportó al referido cayo, uno de los cuatro islotes interiores de la bahía de Jagua, un ceremonial que se implantó en Fernandina… hacia la década de 1830. Lo que intentaba el Consistorio normar, era la obligatoriedad de alumbrar con faroles las puertas de las casas, evitando que en  la negrura de las noches de aquellas imberbes callejuelas pasaran desapercibidos sucesos propios de la obscenidad. Recordemos que para entonces, Fernandina no pasaba de ser un villorrio de empolvadas calles trazadas por las el continuo ir y venir de las humanas pisadas y de las de rastras y carretones. Lógico, ubique su cabeza pensante, no en los modernos equipos de tracción automotor por carretera que andan cientos de kilómetros de asfaltadas vías, sitúo por rastras, los troncos de árboles, generalmente en forma de horquetas  que eran remolcadas por un animal, bien burro, caballo o una yunta de bueyes, que es lo que mas comúnmente atesoramos en nuestras escenas campestres, sobre todo porque en los momentos más oportunos llegaba un aguador en su rastra, acarreando un tanque un jarrito y comenzaba con aquel liquido a calmar nuestra sed.

Por cuenta de cada quien corría no solo el sostenimiento del farol, al adquirirlo en la latonería del colono de origen francés Teodoro Rousseau en la calle San Carlos, sino también de su incuestionable luminosidad hasta la media noche, hora en que pasaba un celador, con voz muy moderada según se cuenta porque créame que no viví  en la época,  anunciando un sugestivo pregón noctámbulo: “…doce de la noche… las doce de la noche…, por favor, apaguen las luces” y tras escuchar la rogativa, el señor de la casa se paraba en la puerta, descolgaba de la grampa el fanal, descorría el guardabrisas, y colocándose a favor del aire, de un solo resoplazo, apagar la llama y con él se fuera bien lejos de la casa, la enrarecida humareda. Quedaba Fernandina más que en penumbras, en absoluto silencio. Hasta las luces de la alborada sólo se iluminaba por las destellas del firmamento.

La tradición la resguardó la oralidad hasta los finales del siglo diecinueve  y principios del veinte, época en que doña Serafina y otros propietarios experimentaron la parcelación de Cayo Carenas en lotes para veraneo, y en un santiamén, crecieron las residencias de madera de influencia norteamericana a lo “balonfren”. Llegaron los temporadistas al lugar y la chiquillada le hacia la vida imposible ala Llovio junto al chirriar de las chicharras en las noches de aquellos cada vez, más ardientes veranos. Como en las oscuridades no se distinguían los infractores, ella misma, auto titulándose embajadora del “comité de las buenas costumbres de los vecinos”, reunió a los propietarios, dio plazos e implantó la rancia disposición colonial; al término, llamó a uno de sus esclavos, dicen que el más viejo de todos, domado tiempo atrás a fuerza de los latigazos que ella misma se encargó de suministrar para hacer valer, fusta en mano, su cabal decisión ante una temblorosa servidumbre.

El infeliz debía estar atento desde el portal de la doña a los 12 campanazos del reloj de columna que apuntaba al frente, en puntillas comprobaba con el de la pared contigua, pero de cucú, y salía por el cayo con su cantaleta, también pausada y muy, pero muy bien… recordada: “doce de la noche en Cayo Carenas, favor de apagar las luces, doce… en Cayo Carenas…” como si el islote fuera un feudo con hora exclusiva. Lo cierto es, que si a su regreso, la bombilla de una casa quedaba encendida por un profundo encontronazo de su dueño con el señor Morfeo, el centinela debía subir al portal, descolgar el farol, quitar el guardabrisa, soplar y  dejarlo en su lugar sin hacer el más minúsculo ruido, para que a la noche siguiente repitieran, con más luminosidad, su obligada presencia.

Y hay de aquel que en la noche siguiente olvidara su pública responsabilidad con el alumbrado de la puerta de la casa, ese se las veía cara a cara con doña Serafina que era muy dulce sí, pero cuando cambiaba la mirada, eran látigos sus pupilas.

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