Lejana novia helada


Lejana novia heladaAsí vio a la luna el cienaguero José Ramón Muñiz quien derivó en cantor de su tierra aunque en la década de 1940 pasó a vivir a Cienfuegos y con sus inspiraciones nos dotó del himno más sublime que oídos humanos recuerden, incluso más que el canto a la ciudad escrito por Atanasio Rivero premiado en el concurso que Esteban Cacidedo lideró en 1919 a propósito de las fiestas del centenario de Fernandina.

Luna, cienfueguera luna, arpa eres sobre el mar…, tal vez esta es la estrofa que más lágrimas saca a los que allende el mar, evocan aquella luna llena que les seducían desde el muro del malecón cienfueguero, la acera, el portal o la azotea de su casa, y es que nuestra luna viene cada noche a mirarse en el espejo salado de Jagua y bajo sus reflejos los fernandinos amamos y trabajamos, le pedimos deseos o sencillamente soñamos con volverla a ver la noche siguiente.

De lo que tengo certeza, es que para el célebre Muñiz, aquella luna que le acompañaba en sus jornadas como inspector de aduana, fue novia helada, novia blanca y además arpa, tanto, que una fría madrugada en su habitual romance, cogió a falta de lápiz y papel en la ocasión, unas fracciones de carbón vegetal y sobre el tablazón de la caceta del muelle del ferrocarril o muelle de hierro de la barriada de Reina, se puso a garabatear los versos de tan emblemática canción con la que aún soñamos.

Escribía un verso entero, sacaba flechas para apuntar una frase con más poesía y tarareaba el texto tan románticamente, que su compañero de labores apellidado Grau, incómodo ya ante la cantaleta que le dificultaba el sueño, se le acercó en silencio, se notaba cansado ya de escuchar aquella nueva melodía pero su piel se gallina le notificaba estar ante una pieza acabada. Al poco sacó a Muñiz del trance poético con un estruendoso aplauso y los gritos de “esta será tu mejor canción” y un “Hay Muñiz y yo que me crié siempre sobre este muelle”.

Pero sin dudas, mucho antes de ser compuesta, la canción de José Ramón Muñiz acompañó a los camaroneros a colgar hasta el oscuro litoral las centelleas de sus viejos mechones. Y cuando el sol les dijo: es la hora, encontraron asidas en las mallas, aquellas noches de camarones y lunas, de brasas y mareas, de oscuridades y sol, y sobre todo: días de sustento. En esas humanas redes quedan vivos hoy, algunos de los camaroneros que colgaban luceros al litoral.

Otro José Ramón, pero Méndez Villalobos, lo encontramos chapodeando con su machete una tabla para sacarle el remo que la oscuridad le arrebató, así se nos desviste de sus viejos recuerdos como diestro camaronero para recordarnos cómo se echaban al mar en época de camarones y lunas, amén de que una libra de aquellos camarones, y señala con los dedos de ambas manos, una talla de crustáceo que tal vez solo aparezcan descritas en los libros, se la pagaban a centavos. Aclara que “…para entonces el camarón no estaba en veda, solo se vedaba el arte de pesca que se empleaba, y si te cogían fuera de base, te le daban candela al bote, a las redes con la misma brillantina de tu farol. Llegaba la policía marítima a inspeccionarte, miraban lo que tenias y si algo andaba mal, te decían sale del bote guajiro, mire usted guajiro en medio del mar, y ya te puedes imaginas que trabajo para hacerse de otro botecito, era así”, concluye.

Diego Hernández, tío de mi madre, trabajaba la tierra en horas diurna por 10 centavos la jornada y en las noches se lanzaba al mar en una simple pero confortable cachuchita que él mismo hizo con sus habilidades de carpintero y una maderita que un pariente le regaló. Completaba de esa forma el sostén de su prole. Hoy día con aquella marea el tío Diego sería millonario, pues los precios del camarón se han disparado. Del otro lado del ancladero de la Laguna del Cura, Gregorio, un curtido pescador que rebasa los 80 años y responde al mote de Cuco Rebollido está presto a dialogar, pues sus historias como camaronero son su mejor herencia, algo así como un gran libro de moral y disciplina en la que forjó el carácter de su familia, y orgulloso nos dice “fui y si sería de nuevo camaronero, si Dios me diera la posibilidad de nacer en este puerto. Los luceros que veía ese señor poeta, eran nuestros mechones de petróleo, si porque el camarón viene a la luz.

Desde mi chalupita el mechón de mi hermano me parecía también una centella resplandeciente, claro él pudo hacerse de un motorcito, entonces yo me amarraba a su cabo y así, el por un lado y yo por otro, pero nos ayudábamos, veces yo capturaba más y él menos, pero hermanos al fin nos sacábamos del aprieto, y eso mismo hacia papá y sus hermanos”. “Mire usted a mi me hubiese gustado entrevistarme con el poeta y preguntarle si él fue el de la canción “camarones dónde están los mamoncillos, mamoncillos dónde están los camarones”, porque la sabiduría popular del camaronero de aquella época sabe que en tiempos del mamoncillo no se coge un bicho por estos lares, pero después, lluvia cae y luna asoma…” y ríe con picardía el longevo Rebollido, recordando algunas de sus experiencias que sin escucharlas el bueno de Muñiz, catalogó aquellas jornadas de pesca como “ballet de eternos mal ratos, que bailan los pescadores sin zapatos”.

La célebre canción-himno de los cienfuegueros fue estrenada por vez primera el 7 de diciembre de 1947 durante una velada patriótica que desarrolló el Ateneo por el día de los mártires de nuestra independencia, Idalmis García, entonces artista exclusiva de CMQ Radio la cantó con acompañamiento de piano únicamente, mientras que dos años después en una tradicional retreta del parque José Martí, el lunes 17 de enero de 1949 la banda municipal la interpretó con tal magisterio que hizo vibrar a los concurrentes y al propio José Ramón Muñiz, presente para escucharla. Cercano a la oscuridad de un mar ajeno, murió el inspirado poeta que compuso nuestro emblemático himno, pues en la década de los 80 cruzó el charco por vía aérea para reunirse junto a su esposa María Cantón, con su Tatín, su único hijo y sus nietos radicados en la ciudad de Miami. Por cierto para entonces su nieta Ilia Mary le robó toda inspiración y en ella volcó todo un río de abundosa poesía.

Dicen que en una fatal noche de diciembre, su vida se le fue apagando de frente a una ventana y mirando al cielo balbuceó sus ultimas palabras “…luna… lejana…novia helada…”, y se apagó como mismo se han apagado del litoral aquellos humeantes mechones convertidos por él en luceros eternos, mientras aquí y allá, aún cantamos su himno para su Cienfuegos. La radio local no se enteró del luctuoso suceso, bastó una llamada a algunos parientes, para que la voz popular difundiera la noticia. Ese día sopló el frío y hubo buena luna, razones para que un viejo camaronero volviera a su mar, esta vez acarreando por vez primera a su nieto, y allá en las oscuridades del caletón de don Bruno, encendió su mechón, tiró sus redes y tarareó la emblemática canción. Yo aquí, miré al cielo y vi a la luna llorar.

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